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¿Existe un nuevo modelo de lector?
Publicado el 11/8/11
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La irrupción del libro electrónico o digital genera preguntas y reflexiones sobre la formación de un nuevo modelo de lector.
Que el mundo se transforma y que lo hace a un ritmo vertiginoso, inédito en generaciones anteriores, son dos afirmaciones que pocos hoy podrían discutir sin adentrarse en profundidades ontológicas. El desarrollo tecnológico apadrina la mayoría de estos cambios, que han elevado la distracción y la inmediatez a categorías superlativas, allí donde hace tiempo se ubicaban el saber y la pausa como medio para acceder a él. El mundo de los libros y la lectura no se ha visto ajeno a esta corriente que modifica hábitos y costumbres de la mano de dispositivos más o menos “líquidos”, utilizando la categoría popularizada por el sociólogo Zygmunt Bauman como metáfora de lo transitorio y voluble.
 
En este contexto, la irrupción del llamado libro digital o libro electrónico no ha supuesto aún la revolución que muchos vaticinan, y queda por ver si este despegue aún fallido responde a su comercialización reciente o a causas más profundas. Pero sí ha instalado un debate sobre si la interacción entre el lector y el formato modifica o no el vínculo que se establece con lo literario y los distintos abordajes de la ficción. Una discusión que resulta de lo más lícita pero que a menudo se pierde en la superficialidad de lo táctil sin llegar a adentrarse en las motivaciones que llevan al lector a sumergirse en el libro, es decir, en las fuerzas profundas y no del todo conscientes que acaban definiéndose en lo especular como detonante de una elección.
 
El poder del papel
 
Por otra parte, la realidad de los números indica que España es una potencia editorial cuya influencia se proyecta sobre el dinámico mercado de los hispanohablantes. Según datos de 2009, la industria editorial española mueve unos 4.000 millones de euros por año, lo cual equivale a cerca del 0,7% del PIB, gracias a los 330 millones de libros editados anualmente y las más de 30.000 personas empleadas directa e indirectamente. Sin embargo, la facturación por venta de libros en formato digital apenas ha superado los cincuenta millones de euros, lo cual supone un 1,64% del volumen total.
 
Lo que ambas tendencias nos enseñan es un forcejeo entre previsiones más o menos interesadas y una realidad que resulta cambiante a un ritmo que no necesariamente concuerda con lo deseado. Ahora bien, este aparente conflicto no desmerece la pregunta de si los formatos digitales crean nuevas formas de lectura o si, por el contrario, el lector de siempre ocupa un nuevo estadio evolutivo sin que se modifique la impronta que el libro deja en él. Es decir, ¿existe realmente un nuevo tipo de lector derivado de los nuevos soportes y formatos, entendiendo al lector como aquella persona que lee con frecuencia y que alcanza a establecer un vínculo de justificación mutua con el libro?
 
Hombres digitales, mujeres analógicas

Ensayar una respuesta categórica sería poco menos que aventurado, de modo que avanzaremos en la exposición de algunos datos que pueden arrojar luz sobre sombras y saberes sobre prejuicios. El Informe de Resultados sobre hábitos de lectura y compra de libros en España, correspondiente al primer semestre de este año, elaborado por la Federación de Gremios de Editores de España revela la necesidad de realizar una apreciación detallada.
 
Según este estudio, “se entiende como lector en soporte digital aquel lector que lee, con una frecuencia al menos trimestral, en un ordenador, un teléfono móvil, una agenda electrónica o un e-Reader”. Así, algo más de la mitad (52,5%) de la población mayor de catorce años se declara lectora en soporte digital. No obstante, la mayor parte lee webs, blogs y foros, seguido de periódicos y revistas en línea. Apenas un 6,8% declara leer libros en soporte digital. Cierto es que la evolución de este dato es positiva, aunque apenas ha crecido un punto y medio respecto de la media registrada el año pasado.
 
Si se realiza un corte según las franjas de edad, la lectura digital de libros va del 14,1% entre los catorce y veonticuatro años a un testimonial 0,5% entre los lectores mayores de sesenta y cinco años, una diferencia de la que podría descontarse la lectura por razones de estudios. Por sexos, la diferencia en lectura digital a favor de los hombres es mayor que en cualquier otro formato (60,6 frente al 44,5%), mientras que no se aprecian diferencias significativas en el tamaño de las ciudades.
 
¿Brecha sobre brecha?
 
Sin embargo, un indicador de importancia lo encontramos en el nivel de estudio de los lectores, donde se produce una brecha prácticamente inabarcable. Uno de cada cuatro lectores en soporte digital tiene únicamente estudios primarios, mientras que entre quienes cuentan con estudios universitarios el porcentaje se eleva espectacularmente hasta el 75%. Esta diferencia de más del 50% no es tan acusada en los formatos tradicionales (79,4% de estudios de Primaria frente al 98,6% de universitarios).
 
Esta relación directa entre la lectura en formato digital y el nivel de estudios puede llevarnos a preguntar si no se está creando una nueva brecha, o más bien, si no se está trasladando parte de los conflictos heredados por la brecha digital a una nueva brecha lectora según el soporte elegido. Recordemos que la práctica totalidad de lectores en soporte digital leen en un ordenador (más del 98%) mientras que solo un 4% de los lectores digitales lee en su e-Reader.
 
Por último, si trasladamos parte de estas reflexiones a los índices específicos de lectura en menores de diez a trece años, el 100% son lectores de libros en papel (ocho de cada diez lo hacen frecuentemente en su tiempo libre), un porcentaje que disminuye drásticamente al 12,3% en lectura de libros digitales. Queda, pues, un largo camino que recorrer en cuyo transcurso la escuela deberá integrar las nuevas gramáticas que plantean las culturas digitales y aceptar con naturalidad la convivencia entre formatos.
 
Alejandro Feijóo
 
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