La irrupción del libro electrónico o
digital genera preguntas y reflexiones sobre la formación de un nuevo modelo de
lector.
Que
el mundo se transforma y que lo hace a un ritmo vertiginoso, inédito en generaciones
anteriores, son dos afirmaciones que pocos hoy podrían discutir sin adentrarse
en profundidades ontológicas. El desarrollo tecnológico apadrina la mayoría de
estos cambios, que han elevado la distracción y la inmediatez a categorías
superlativas, allí donde hace tiempo se ubicaban el saber y la pausa como medio
para acceder a él. El mundo de los libros y la lectura no se ha visto ajeno a
esta corriente que modifica hábitos y costumbres de la mano de dispositivos más
o menos “líquidos”, utilizando la categoría popularizada por el sociólogo
Zygmunt Bauman como metáfora de lo transitorio y voluble.
En
este contexto, la irrupción del llamado libro digital o libro electrónico no ha
supuesto aún la revolución que muchos vaticinan, y queda por ver si este
despegue aún fallido responde a su comercialización reciente o a causas más
profundas. Pero sí ha instalado un debate sobre si la interacción entre el
lector y el formato modifica o no el vínculo que se establece con lo literario
y los distintos abordajes de la ficción. Una discusión que resulta de lo más
lícita pero que a menudo se pierde en la superficialidad de lo táctil sin
llegar a adentrarse en las motivaciones que llevan al lector a sumergirse en el
libro, es decir, en las fuerzas profundas y no del todo conscientes que acaban
definiéndose en lo especular como detonante de una elección.
El poder del papel
Por
otra parte, la realidad de los números indica que España es una potencia editorial
cuya influencia se proyecta sobre el dinámico mercado de los hispanohablantes.
Según datos de 2009, la industria editorial española mueve unos 4.000 millones
de euros por año, lo cual equivale a cerca del 0,7% del PIB, gracias a los 330
millones de libros editados anualmente y las más de 30.000 personas empleadas
directa e indirectamente. Sin embargo, la facturación por venta de libros en
formato digital apenas ha superado los cincuenta millones de euros, lo cual
supone un 1,64% del volumen total.
Lo
que ambas tendencias nos enseñan es un forcejeo entre previsiones más o menos
interesadas y una realidad que resulta cambiante a un ritmo que no
necesariamente concuerda con lo deseado. Ahora bien, este aparente conflicto no
desmerece la pregunta de si los formatos digitales crean nuevas formas de lectura
o si, por el contrario, el lector de siempre ocupa un nuevo estadio evolutivo sin
que se modifique la impronta que el libro deja en él. Es decir, ¿existe realmente
un nuevo tipo de lector derivado de los nuevos soportes y formatos, entendiendo
al lector como aquella persona que lee con frecuencia y que alcanza a
establecer un vínculo de justificación mutua con el libro?
Hombres digitales, mujeres analógicas
Ensayar
una respuesta categórica sería poco menos que aventurado, de modo que
avanzaremos en la exposición de algunos datos que pueden arrojar luz sobre
sombras y saberes sobre prejuicios. El Informe de Resultados sobre hábitos de
lectura y compra de libros en España, correspondiente al primer semestre de
este año, elaborado por la Federación de Gremios de Editores de España revela la
necesidad de realizar una apreciación detallada.
Según
este estudio, “se entiende como lector en soporte digital aquel lector que lee,
con una frecuencia al menos trimestral, en un ordenador, un teléfono móvil, una
agenda electrónica o un e-Reader”. Así, algo más de la mitad (52,5%) de la
población mayor de catorce años se declara lectora en soporte digital. No
obstante, la mayor parte lee webs, blogs y foros, seguido de periódicos y
revistas en línea. Apenas un 6,8% declara leer libros en soporte digital.
Cierto es que la evolución de este dato es positiva, aunque apenas ha crecido
un punto y medio respecto de la media registrada el año pasado.
Si
se realiza un corte según las franjas de edad, la lectura digital de libros va
del 14,1% entre los catorce y veonticuatro años a un testimonial 0,5% entre los
lectores mayores de sesenta y cinco años, una diferencia de la que podría descontarse
la lectura por razones de estudios. Por sexos, la diferencia en lectura digital
a favor de los hombres es mayor que en cualquier otro formato (60,6 frente al
44,5%), mientras que no se aprecian diferencias significativas en el tamaño de
las ciudades.
¿Brecha sobre brecha?
Sin
embargo, un indicador de importancia lo encontramos en el nivel de estudio de
los lectores, donde se produce una brecha prácticamente inabarcable. Uno de
cada cuatro lectores en soporte digital tiene únicamente estudios primarios, mientras
que entre quienes cuentan con estudios universitarios el porcentaje se eleva
espectacularmente hasta el 75%. Esta diferencia de más del 50% no es tan
acusada en los formatos tradicionales (79,4% de estudios de Primaria frente al
98,6% de universitarios).
Esta
relación directa entre la lectura en formato digital y el nivel de estudios puede
llevarnos a preguntar si no se está creando una nueva brecha, o más bien, si no
se está trasladando parte de los conflictos heredados por la brecha digital a
una nueva brecha lectora según el soporte elegido. Recordemos que la práctica
totalidad de lectores en soporte digital leen en un ordenador (más del 98%)
mientras que solo un 4% de los lectores digitales lee en su e-Reader.
Por
último, si trasladamos parte de estas reflexiones a los índices específicos de
lectura en menores de diez a trece años, el 100% son lectores de libros en
papel (ocho de cada diez lo hacen frecuentemente en su tiempo libre), un
porcentaje que disminuye drásticamente al 12,3% en lectura de libros digitales.
Queda, pues, un largo camino que recorrer en cuyo transcurso la escuela deberá integrar
las nuevas gramáticas que plantean las culturas digitales y aceptar con
naturalidad la convivencia entre formatos.